Atlántica

Siempre me llamaron la atención, yendo por la ruta costera hacia el norte o el sur de Mar del Plata, los troncos y copas de los pocos árboles que crecen en ese páramo donde la Pampa se estrella con el mar.  Totalmente curvados y torcidos por el viento, crecen sin embargo esos extraños árboles, como un gesto de voluntad infranqueable.

Al igual que estos troncos tozudos y deformes, bajo el mismo cielo exageradamente azul, las casitas de Marino brotan entre los pajonales abriéndose paso entre la nada, como buscando echar raíces de enclaves civilizatorios que probablemente nunca serán.  Casi como delirio de grandeza, y con el mismo gesto afirmativo, aparecen castillos de dos plantas en terrenos de ocho metros de ancho, o casas que son la mitad de una totalidad de futuro incierto.

Resulta conmovedor (o casi necesario) que la fotografía de arquitectura, género tan superpoblado de aeropuertos y asepsia modernista, diera cuenta de las construcciones bastardas de nuestros balnearios y sus suburbios.  No desde una visión despectiva, sinoa través del humor que únicamente deviene de la empatía.  

Hernán Marina
Buenos Aires, Abril de 2005